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Sunday, March 15, 2015

Cociente intelectual de los peruanos. Por César Hildebrandt.


Transcribo íntegra la imprescindible la columna Matices de César Hildebrandt sobre la involución intelectual de los peruanos. El texo aparece en la edición 241 del semanario "Hildebrandt en sus trece".

Cociente intelectual de los peruanos. 
Por César Hildebrandt.

Tengo la convicción de que el cociente intelectual peruano disminuye día a día. 

Hablamos mal, escribimos peor, nos comunicamos desde la ignorancia. 

Somos más perezosos para leer, más renuentes para entender, más lentos para captar. 

A las pruebas me remito: escuchen las radios donde tanto los pontífices de opinión  - o sea los locutores - como el público que interactúa dan muestras, por lo general, de una jactanciosa miseria intelectual. 

Vean la televisión informativa. Sus animadores (y animadoras) parecen lobotomizados géiseres de lugares comunes. Asistan a los debates. El último por ejemplo, el de la unión civil, ha sido particularmente lamentable. No sólo por lo dicho por el monseñor Bambarén sino por la presión brutal que el lobby gay ha ejercido en las redes sociales en contra de todos quienes desde perspectivas tan discutibles como respetables, se oponen al protomatrimonio homosexual. Como si lo políticamente correcto fuese un ucase digno de imponer a patadas e insultos. 

La unión civil es una medida que la razón habrá de imponer. Pero hacen poco por su causa quienes acusan de homófobos y segregacionistas a todos aquellos que no la aceptan esgrimiendo argumentos de origen jurídico, moral y religioso. ¿Son anácronicos estos argumentos? Seguramente. Pero están allí y son, fatalmente, los que comparte el 65% de la población. 

Merencen refutaciones, no escarmientos ni cargamontones. Cuando se entienda que la persuasión es más efectiva que la caricaturización del oponente, se habrá dado un gran paso.

Pero volvamos al tema inicial de esta columna. A mi me da pena patriótica decirlo, pero la verdad es que siento con toda nitidez, que el porcentaje de brutos se ha incrementado exponencialmente en el Perú. Eso es algo que en todo caso, según Marco Aurelio Denegri, es un fenómeno universal. 

Pero como mal de muchos es consuelo de necios, a mi lo que más me importa es la jibarización cerebral del peruano promedio.

¿Dónde empezó? En la educación pública, no hay duda. Su degradación lleva décadas y estamos pagando el costo de haberla desatendido tanto tiempo. 

Luego están las casas, donde se fragua el arma del lenguaje. Que Javier Velásquez Quesquén, que fue presidente del congreso, diga "teníanos" y "habíanos" es algo de lo más decidor. 

Después está la prensa, donde todo amor por la pulcritud, toda vocación de posteridad, todo respeto por el idioma se han perdido en aras de "los grandes públicos". 

¿Y el papel de la radio y la televisión? Ha sido decisivo. Son maquinarias perfectas de estupidización colectiva. Están hechas para desdeñar lo humano y sumergirnos en la zoofilia gestual. Nada más parecido a un festival de babuinos trapecistas que "Esto es guerra" y "Combate". Por eso es que los gimnasios están llenos y las bibliotecas vacías. El mensaje es claro: la imbecilidad es rentable. Y este sí que es un fenómeno mundial. Basta recorrer el cable para darnos cuenta de que, en la mayor parte de los casos, la pantalla apuesta por la involución. Ejércitos de descerebrados violentos, de mamarrachos vivientes que lucen bíceps o tetas y apenas pueden silabear "mi mamá me mima", le dicen al mundo que no está de moda pensar, amar, reflexionar, quedarse callados, derramar una lágrima, recordar. Es el sudado hedonismo neanderthal el que se pregona. Y los sociólogos y antropólogos de otras partes del mundo nos lo vienen advirtiendo desde hace mucho tiempo.

Las redes sociales contribuyen ahora grandemente a esta epidemia de apoplejías voluntarias. Nada mejor para sentirse próximo al asco que acudir a un intercambio de infamias en algunas de estas covachas computacionales. Monos fieros, babeantes, chirriantes, se arrojan piedras de orilla a orilla de alguna web de moda con el único propósito de mostrar que el otro, el adversario, es alguien que no merecería vivir. Me imagino que después de ese intercambio de barbaries pintarán bisontes en las paredes y sodomizarán a sus hembras. Y gritarán triunfantes.

Si uno conversa hoy con un joven periodista se dará cuenta de que sus paradigmas son espantosos. Hasta Lúcar se les presenta como ejemplo. Para ellos, Vargas es la encarnación de la mesura y "El Comercio" es el olimpo de la objetividad. No han leído nada y creen que el periodismo no es una técnica derivada de la cultura sino un grafiti hecho con aerosoles. Y, en general, la masificación de la educación privada trucha ha hecho de la profesionalización del Perú algo que, en materia de salud, se ha vuelto hasta peligroso.

La clase media fue durante mucho tiempo la laboriosa depositaria del esfuerzo, la meritocracia y la memoria cultural. Hoy la clase media ha desaparecido. Solo queda el dinero, los nombres anglosajones mal escritos, los emprendedores que no pagan impuestos y los misteriosos Lamborghini negros con su piloto acribillado sobre la sucia pista.



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