Durante décadas, buena parte de Occidente creyó que la religión sería desplazada lentamente por el progreso tecnológico, el bienestar material y la expansión de las sociedades liberales contemporáneas. Muchos intelectuales aseguraban que la secularización era irreversible y que las instituciones tradicionales, especialmente la Iglesia Católica, terminarían convertidas en reliquias culturales sin verdadera influencia sobre el corazón humano.